A quien le apetezca un viajecito rápido que siga leyendo porque hoy toca desplegar las alas del teletransporte mental para llegar hasta un pequeño pueblo de cuento y montaña situado al noreste de la isla de Taiwán, perteneciente al distrito de Nuevo Taipei.
En mi caso, yo llegué hasta allí con un autobús desde el centro de Taipei. He tardado en recuperar esta excursión, pero la realidad es que estoy haciendo un buen «retro paréntesis temporal», porque a Jiufen, que es a donde os voy a hacer volar, fui durante mi primera semana en Taiwán.
Pero bueno, antes de haceros sobrevolar Jiufen, empecemos por lo más básico: ¿Qué es eso de Jiufen? A parte de su nombre, claro…
Pues literalmente, Jiǔ fèn 九份 significa «nueve porciones».
Y es que, si nos remontamos a los orígenes de esta aldea, nos vamos al siglo XVII. Se dice que sólo nueve familias vivían aquí por aquél entonces y, cuando la comunicación por tierra aún no estaba desarrollada y sólo era posible el transporte vía marítima, se convirtió en una costumbre que los habitantes se hicieran exactamente con nueve unidades de cada producto que llegase para asegurarse de tener provisiones suficientes. Y con esta explicación, ya sabemos el por qué de ese nombre: nueve porciones para anticiparse al desabastecimiento.
Y para contextualizar un poco más esta localidad que se levanta cada mañana mirando hacia el mar, vamos a remojarnos un poco en su historia. Como dato de interés, os cuento que fue en 1890 cuando se encontraron yacimientos de oro cerca, y entonces, Jiufen dejó atrás su origen de aldea rural poco poblada para, de pronto, servir de asentamiento, durante la época de la ocupación japonesa, a buscadores de oro de cuatro mil familias. Y así, en mitad de la fiebre del oro, es cómo Jiufen llegó a su auge económico, mientras la arquitectura colonialista iba dejando huella con la construcción de edificios tradicionales, posadas y casas de baños.
Pero como dice el refrán, «todo lo que sube, tiene que bajar», así que de la mano del declive de la actividad minera, Jiufen empezó a desinflarse y a perder su brillo dorado. Pero hay refranes para todo, así que «con el tiempo y una caña», fue el cine el que rescató a Jiufen del olvido y la volvió a iluminar en 1989 retratando sus calles en «A city of Sadness«, del director taiwanés Hou Hsiao-Hsien. Y así es como Jiufen se abrió paso como uno de los destinos turísticos más populares de toda la isla.
Desde mucho antes de llegar a Taiwán, y emocionada como estaba, yo había leído sobre este pueblín tan pintoresco bastantes veces y también sabía que era el escenario sobre el que se rumorea que se inspiró el cineasta Hayao Miyazaki para su aclamada película El viaje de Chihiro, una de las grandes producciones de Studio Ghibli en 2001.
Aunque él desmintió esto y dijo que los escenarios que aparecían en la película eran producto de su imaginación, es cierto que en Jiufen se podrían encontrar parecidos razonables con las casas de baño japonesas que vertebran gran parte de la película de animación.
Después de conocer acerca de Jiufen, de leer por aquí y por allá, os imaginaréis que mis expectativas eran altas y que tenía muchas ganas de dejar de construir esos lugares sólo en mi imaginación. La posibilidad de desvirtualizarlos sólo estaba a una hora de Taipei, así que la verdad es que me hacía muchísima ilusión pasearme por aquí con mi cámara de fotos.
Bueno, pues tengo que decir que, desgraciadamente, este deseo mío no fue tan original. A muchos visitantes les atraía el mismo motivo, y allí que nos juntamos todos con nuestras ganas de visitarlo.
No soy persona amiga de las masificaciones y eso fue el primer problema de esas «nueve porciones» que había ido a ver, que ni se podían disfrutar bien sin sentirse una sardina más de la lata, ni se podían retratar bien sus calles sin que asomaran cabezas flotantes por el visor de mi cámara. Así que, viendo que no conseguía echar ni una sola foto decente, un «tranquila, no te vas a ir sin capturar algún farolillo rojo a través de tu lente» se asomó por ahí. Pepito, como siempre, esa pequeña y sabia voz interior, sabe en todo momento lo que va pasar antes siquiera de que yo misma sepa que voy a apretar el pistón para hacer la foto principal que acompaña al post de hoy.
Pero, volvamos a situarnos y no nos olvidemos del clima, porque aún estábamos ante el riesgo de una buena sesión tropical para bañarnos con una tromba de agua, que según iban pasando los días, comenzaban a ser cada vez menos inesperadas. Y así se cumplió, ante la primera señal de que, efectivamente, nos íbamos a empapar de lo lindo, las calles se tiñeron de puntitos de colores pastel, esos típicos de los impermeables de plástico de usar y tirar que la gente se había apresurado en sacar de sus mochilas.
No sé si fue por la cantidad de gente que se concentró en las estrecheces de sus calles, o por la culpa inevitable de las expectativas, pero estando allí me empecé a dar cuenta de que Jiufen no me estaba gustando tanto como quise que me hubiera gustado.
Y aunque sí me gustaron sus estrechas calles de escalones de piedra, lo fotogénica que era la fachada de la popular casa de té A-mei Tea House y cómo, cuando cayó la noche, el cielo apagado sustituyó los puntitos de colores de los impemeables por el rojo fulgor de los farolillos de Jiufen Old street, no puedo decir que Jiufen esté entre mis favoritos de Taiwán.
Y así es cómo, con esta pequeña excursión, supe que no quería viajar con expectativas del tipo que fueran. Sabía que quería viajar más desde el querer descubrir y no tanto con ese inevitable «querer encontrar» de cuando investigas un destino y ya sabes lo que quieres ver. No quería viajar así, frustrando expectativas, así que decidí empezar a quitarme las gafas de «lo que uno espera encontrar», porque sentí que me estaba limitando demasiado.
Así que, desde aquí y desde entonces seguí viajando y abriendo mi mente a lo que viniese, como viniese, rehuyendo imágenes preconcebidas de los destinos. Quise seguir viajando mientras aprendía a no dejarme acompañar por expectativas que pudieran aguarme todas aquellas pequeñas cosas de cuando se viaja y que empiezan a aparecer cuando dejas de centrarte en si te gusta o no eso que «hay que ver»…





*A mí también me encantan las fotos de hoy, pero estas no son mías. Son imágenes de uso público vía Unsplash.
*Foto de portada © Halfasianpía
